El arte sonoro, como concepto «bastardo» nacido en los años setenta de la intersección entre la música y el arte contemporáneo, se caracteriza por su naturaleza incómoda. Su existencia no es imprescindible, pero persiste por la oportunidad que ofrece para instituciones y profesionales de ambos campos. Su relevancia radica en su capacidad para ofrecer «un espacio de oportunidad» que da lugar a prácticas de escucha radicales que solo pueden surgir en contextos protegidos de las demandas convencionales del público (Horta et al., 2021). Este espacio no está necesariamente vinculado a la música en su forma tradicional, sino a la transformación de lo que entendemos por sonido.

En este sentido, el arte sonoro no se limita a lo que generalmente consideramos música. Es la escucha, más que el sonido mismo, lo que determina su carácter musical o no. Pensadores como Neuhhaus, Lander y Kim-Cohen nos invitan a abandonar el auditorio y despojar de sentido los ruidos cotidianos, estableciendo un nuevo diálogo entre los sonidos producidos, reproducidos y escuchados, entendidos como portadores de un significado más amplio (Horta, 2002). Neuhaus, de hecho, es pionero al sacar el sonido de los auditorios y museos, llevándolo al espacio público y promoviendo la idea del Soundwalk como una experiencia en la que el sonido se convierte en un componente esencial de la vida diaria (Horta, 2020).

El paisaje sonoro, tal como lo plantea Schafer, es una composición musical continua, inmersa en nuestro entorno. En este sentido, no somos meros oyentes, sino también compositores de la experiencia sonora, afinando nuestro mundo a través de la escucha (Horta, 2020). Esto revela una paradoja inherente al arte sonoro: su naturaleza efímera y su relación recíproca con el espacio, que no solo contiene y modela el sonido, sino que es activado por él, dándole movimiento y temporalidad (Horta, 2020).

Este vínculo entre el sonido y el espacio, y la integración del arte sonoro fuera de los espacios tradicionales como museos y auditorios, plantea una crítica a la forma en que el arte ha sido tradicionalmente institucionalizado. Figuras como José Manuel Costa, comisario, sostienen que el arte sonoro adquiere una mayor relevancia cuando se encuentra fuera de las fronteras del museo, redescubriendo espacios y funcionando como una extensión del sentido de la vida cotidiana (Horta, 2020). De hecho, en su relación con el espacio, el sonido irrumpe, alterando la lógica visual y ocularcéntrica de los entornos artísticos, generando una disrupción en la percepción habitual de las obras (Horta, 2020).

La relación entre arte sonoro y música es, sin embargo, ambigua y llena de tensiones. El propio John Cage, considerado uno de los máximos referentes del arte sonoro, definió la música de una manera inclusiva, permitiendo que cualquier sonido pudiera ser considerado una manifestación musical. Aunque se identificó como músico, en el campo del arte contemporáneo se le reconoce como un referente, mientras que en la música tradicional a menudo se le excluye con la afirmación de que «esto no es música». Su trabajo es una clara muestra del potencial del arte sonoro para cuestionar y redefinir lo que tradicionalmente se entiende por música (Horta, 2021).

No obstante, esta constante redefinición del sonido como arte plantea una disyuntiva para el arte sonoro. A medida que se acerca al arte contemporáneo, enfrenta las exigencias de materialidad y unicidad propias de esta esfera. Este proceso de institucionalización podría ser visto como un retroceso, dado que la música ha abrazado históricamente la reproductibilidad digital y la naturaleza efímera del sonido como vibración del aire (Horta, 2021). Así, el arte sonoro se enfrenta al dilema de convertirse en una disciplina aceptada y establecida, con las concesiones que esto implica, o de mantener su carácter radical, persistiendo en la investigación experimental sin alcanzar una aceptación total en el ámbito artístico (Horta, 2021).

Por lo tanto, el arte sonoro es una forma de arte que desafía las convenciones tanto de la música como del arte visual. Su valor radica en la ruptura con los espacios y formas tradicionales, en la redefinición de lo que es música y en la promoción de una escucha más profunda y reflexiva del mundo que nos rodea. Así, el arte sonoro continúa siendo un campo en constante expansión y tensión, donde la experimentación y la disrupción son las fuerzas que lo impulsan a redefinir la relación entre el sonido, el espacio y el arte en sí.

Referencias:

Horta, A. (2020). ¿Arte sonoro? Una interrogación crítica. Universitat
Oberta de Catalunya. FUOC.

Horta A., Ruíz i Carulla, M., Comelles, E., Bautista, L., Suárez,C., Rosell,O., Ortuño,F., Ramos,A., Romero,L., Llaneli,L., Nacenta L. y Navarro F. (2021) De la Musica al arte. Universitat Oberta de Catalunya. FUOC.

Podcast. Horta (2020) ¿Arte sonoro? Una interrogación crítica. Disponible